martes, 28 de diciembre de 2010

No siento dolor, tampoco rabia.

No siento dolor, tampoco rabia, ni odio, ni resentimiento. Es curioso porque esos tres sentimientos me han acompañado desde que era un niño, engendrados por las palizas de mi padre, la indiferencia de mi madre. Borré de mi interior cualquier rastro de humanidad, me convertí en una fiera, perseguí con ansia el poder y recorrí de su mano un camino de muerte y sufrimiento. Los hombres me temían, las mujeres se metían entre las sábanas de mi cama.
Poder, riqueza, fama. Conseguí todo lo que siempre había deseado y, sin embargo, me sentía muerto. Sí, estaba muerto. Y para darme cuenta basto solo una mirada, una mirada que giró mi vida 180º. Ella me miró de una forma diferente, vio que dentro de la fiera todavía quedaba un poquito de humanidad. Ella me trajo de nuevo a la vida, me dio el cariño que siempre había necesitado, fue mi razón para sobrevivir, para dejarlo todo atrás y querer empezar de nuevo.
Me arrepiento de muchas cosas, pero no cambiaría por nada del mundo un último amanecer al lado de ella. Si este es el precio que debo de pagar por haberla querido, no hay nada en toda mi vida que me haya salido más barato.
No siento dolor, solo quiero quedarme así, para siempre, en sus brazos.

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