lunes, 1 de noviembre de 2010

El regalo más grande.

Y al abrir la puerta me encontré al tío más feo del mundo, nunca me ha gustado juzgar por el físico, pero es que era algo fuera de lo normal.
 Le miré de arriba abajo tratando de averiguar si lo conocía, pero era imposible, me hubiera acordado de algo así. La segunda vez que le repasé toda su anatomía, y he de reconocer que era la primera vez que miraba a alguien tan a conciencia siendo tan tan feo, me percaté de que tenía una pequeña caja en sus manos. Era pequeña, con las esquinas redondeadas y con un color un tanto peculiar.
Después de dos minutos mirándole con curiosidad y sin él decir nada, me decidí a hablar.
-Eh...¿Hola?,¿quién eres?
Sin decir una palabra dejó la pequeña caja en el felpudo y se fue, despacio, por las escaleras.
Era el tío más raro del mundo, aparte de poco agraciado.
Me agaché sugetándome el vaquero, de manera que no se me viera "nada", y cogí la caja. Nada más sentirla entre mis manos un escalofrío recorrió mi cuerpo, no sabía de quién era, probablemente ni siquiera era de la persona que yo pensaba, pero solo el hecho de que pudiera serlo, esa pequeña probabilidad, hacía que tuviera ansias de abrirla. Cuando iba a abrirla me di cuenta de un pequeño detalle, había algo insignificante escrito en la tapadera, tan insignificante que me costó leerlo, acercándome conseguí descifrar algo como "Lo más importante" , a simple vista carecía de mucho sentido. No poniendo límites a mis ansias de abrirla, la abrí.
A cualquier persona le hubiera decepcionado lo que contenía la caja, pero a mi me hizo la chica más feliz del mundo. Un pequeño espejo reflejaba mi desaliñada cara, mi alborotado pelo y, si nos ponemos, mis enormes ojeras. 
¿Yo era lo más importante? ¿Lo más importante para él?
Ese pequeño espejo pegado a esa pequeña caja, vio caer una enorme lágrima por mi rostro, recorriéndolo de arriba a abajo, unida a un escalofrío.
Fue una sensación inexplicable. Nunca hubiera imaginado que él sería capaz de hacer eso por mi, algo tan cursi. En ese momento supe que se lo perdonaría todo, siempre. 
Y apareció, asomado a una pequeña esquina, con una sonrisa de oreja a oreja, mirándome llorar, parecía el hombre más feliz del mundo.
Tiré la caja al suelo, y fui corriendo hacia él, que seguía sonriendo, y me lanzé a él y le dí el abrazo con más sentimiento que le había dado nunca a nadie.
-Te quiero.-susurró.
Aparté la cara lentamente de su hombro evitando que él dejara de acariciarme el pelo. Nuestros rostros estaban a menos de un centímetro. Mi expresión se convirtió en una enorme sonrisa, ambos sonriendo, queriéndonos como nunca.
Él era mi regalo. El regalo más grande.

No hay comentarios:

Publicar un comentario